Lectura Digitial y Cultura Escrita

Lectura Digital y Cultura Escrita
Alain Giffard (*)

El debate iniciado por Nicholas Carr en agosto de 2008 (“¿Google nos vuelve estúpidos?”) ha iniciado, grandiosa y repentinamente, el debate sobre la culture digital [1].

Efectivamente, la lectura digital ha dejado de ser una simple ‘tendencia técnica’ en el sentido de Leroi Gourhan. Se ha convertido en una práctica cultural, es decir que un ambiente humano asociado se ordena alrededor de un nuevo dispositivo técnico.

La pregunta inicial podría ser: ‘¿es concebible leer en una pantalla?’, o simplemente: ‘¿leemos en una pantalla?’.

Esta pregunta se transforma a continuación en la siguiente: ‘¿La lectura digital puede substituirse a la lectura clásica, es decir, la lectura de un texto impreso, esencialmente un libro, tal cual lo aprendemos en la escuela? En otras palabras, ¿la lectura digital cumple con todos los elementos del pliego de especificaciones cognitivo y cultural de la lectura clásica, y en caso contrario, como pueden articularse estos dos tipos de lectura?

O más generalmente aun, ¿cómo ocupa la lectura numérica, en tanto que cultura y práctica, un lugar en la cultura escrita?

Insisto sobre esta pregunta. No es suficiente describir o analizar la cultura digital. También hay que responder a esta pregunta acerca de la substitución, simplemente porque ya ha sido planteada y porque se plantea cada vez más.

Desde esta perspectiva, nuestro punto de partida debe ser el retroceso de la cultura escrita, y en particular, de la escritura. No estamos frente a dos tecnologías, dos métodos, dos prácticas culturales de las cuales podemos sopesar con delicadeza los puntos fuertes y los flojos. Nuestra época es la vez, la época de un reflujo de la cultura escrita, que no es una consecuencia del digital, y de aquella que lo digital provoca.

LA DISMINUCION DE LA LECTURA

La disminución de la lectura testimonia en forma cruda el reflujo de la cultura escrita en nuestras sociedades. Se puede calificar a esta disminución como general en la medida que se manifiesta en una disminución y empobrecimiento tanto del saber-leer como de las practicas. Numerosos estudios e investigaciones, tanto en Francia como en el extranjero, lo atestiguan.

La investigación coordinada por Olivier Donnat sobre las ‘prácticas culturales de los franceses’ estableció que la mayor parte de los franceses no leen ningún libro o menos que cinco libros por año. La baja de la proporción de lectores es prácticamente general, es observable en todas las generaciones, y no se debe al remplazo de generaciones de lectores por generaciones de no lectores, aun si los jóvenes leen menos que antes.

Según los exámenes de la ‘jornada de preparación a la defensa’ [se trata de unas jornadas de orientación que deben pasar los jóvenes de ambos sexos en edad militar y que remplaza al servicio militar obligatorio - nota del traductor-], solo 65% de los jóvenes no tienen verdaderamente ninguna dificultad de lectura.

El Instituto Nacional de Estadística y Estudios Económicos Francés (INSEE) calcula que 12% de todas las edades tienen dificultades graves o fuertes con la lectura o que con ‘el uso de la escritura’.

Según el informe PISA elaborado por la Organización para la Cooperación Económica y el Desarrollo (OECD) la tasa media de comprensión de la lectura desciende regularmente; en el periodo reciente, ella bajo aún más netamente en Francia [2].

TRANSICION

Nosotros vivimos un largo periodo de transición cultural, caracterizada por el reflujo de la lectura clásica, de la lectura del libro impreso, no solamente como saber y como práctica, sino también como referencia, como referencia principal, unificatriz, y única en tanto que función unificatriz, para el acceso a la cultura y a la vida ciudadana. Ante nuestros ojos, vemos borrarse aquello que Kant llamaba el principio de publicidad, la Öffentlichkeit. En el sistema de la Öffentlichkeit, que en Francia nosotros relacionamos con la figura de Jules Ferry, la expresión pública puede ser más o menos amplia, y por otro lado, se han desarrollado controversias sobre su ampliación, es decir sobre el carácter más o menos efectivo de la libertad para publicar escritos – pero el carácter universal de la lectura es un principio absoluto de la Öffentlichkeit, sistema que no puede lógicamente admitir ni decadencia ni disminución de la lectura. El saber-leer de cada ciudadano debe ser efectivo; aprender a leer no es solamente un derecho sino una obligación, y la práctica de la lectura condiciona ese saber.

Esta fase de transición y de reflujo de la lectura clásica se observa desde hace unos treinta años. Esta tendencia puede no ser irreparable, aunque por el momento parece serlo. Y nada remplaza por el momento a la cultura escrita y la lectura clásica en esta función primordial para el acceso a la lectura y a la ciudanía.

La elucidación de este momento de transición de la cultura escrita y de la lectura es fundamental para abordar el problema de mundo digital. La lectura es un índice. Su baja es el precursor del reflujo de la cultura escrita. Ella puede así coexistir, al menos durante un cierto tiempo, con el aumento de los títulos publicados y los libros comprados.

Hace falta por lo tanto considerar el problema de la lectura digital en el marco de esta transición. En el primer caso, el desarrollo de la lectura digital compensaría la disminución de la lectura clásica. Esta explicación es adoptada por algunos observadores, que pueden incluso negar la baja de lectura; esta seria simplemente un desplazamiento hacia nuevos soportes. Pero esta posición va en contra de la constatación de una baja de la lectura en el largo plazo que no es seguramente el efecto del digital. Se debe entonces suponer un escenario muy optimista de la baja de una lectura clásica que sería ulteriormente compensada por la lectura digital. Yo pienso que se trata de una acrobacia. Haría falta demostrar que la lectura digital remplaza realmente a la lectura clásica.

En el caso contrario, la lectura digital se desarrolla como uno de los compartimientos de una cultura determinada, incluso opuesta a la cultura escrita. Ella no tiene que remplazar la lectura clásica, y por otro lado, no busca hacerlo. A este esquema podemos objetarle: el hecho que la lectura digital sea lectura de un texto; la situación del libro como soporte por excelencia de la cultura escrita y no como soporte exclusivo; la historicidad del libro como soporte, la unidad de la lectura bajo diferentes soportes. Para ser breves, ninguna de los dos esquemas extremos parece ser adecuado.

“MODOS DE ACCESO” A LA CULTURA

Un cuadro en el estudio del Ministerio de la Cultura y de la Comunicación Francés propone justamente un modelo de relación de la cultura y a los medios, en función del medio social, de la edad, del género, y por primera incorpora también el digital [3].

Este cuadro distingue cuatro configuraciones de acceso a la cultura y a los medios: ‘medio impreso central’, ‘medio televisivo hegemónico’, ‘cultura de pantalla’ y ‘acumulación de modos de acceso. En el ‘medio socioeconómico desfavorecido’, la televisión es el modo de acceso hegemónico para los mayores de 45 años, mientras que la pantalla caracteriza a los jóvenes. En la generación de 30-44 años, los hombres se inclinan hacia la cultura de pantalla y las mujeres hacia el impreso. El ‘medio sociocultural favorizado’ practica la acumulación de los modos de acceso, salvo para las generaciones nacidas antes de la guerra (los mayores de 65 años) que permanecen centrados en el impreso. El medio socio-cultural medio es aquel que conoce la mayor diversidad de configuraciones.

Este cuadro, considerado como una hipótesis de trabajo, requiere las siguientes observaciones. La primera, es la polarización de las diferentes formas de relacionarse con la cultura. La investigación pone de manifiesto la oposición entre el modelo de la ‘cultura de pantalla’ sin lectura clásica, característica de los medios culturales menos favorecidos o de los hombres del grupo medio, y aquel de un cumulo de modos de acceso, propio de los medios más favorizados y las jóvenes mujeres del grupo medio. Se trata evidentemente de un punto central para aprehender la contracultura de los jóvenes de la generación de los ‘nativos del digital.

Mi segundo comentario es acerca de la fragmentación de las relaciones a la cultura. El sistema precedente reposaba sobre un principio de unificación y de continuidad, sino de homogeneidad. Había sido creado precisamente para ello, en oposición al régimen basado en la separación de los clérigos letrados y los laicos analfabetos. En el caso francés, Jules Ferry extendió a la totalidad de los ciudadanos los principios de la reforma gregoriana: nadie puede ser un clérigo si es analfabeto. La continuidad debía secundar a la igualdad política. Pero aquí nos encontramos con una fragmentación no solamente entre los diferentes grupos socio-culturales y sus modelos de acceso a la cultura, sino también en el seno de los grandes grupos socioculturales, entre los grupos generacionales, y mismo entre los géneros en una misma generación. Es el grupo medio el más fragmentado, siendo que es el más favorecido y también el más homogéneo.

LA LECTURA DIGITAL EXISTE

Me propongo aquí hacer un balance necesariamente provisorio de la lectura digital. Pero, en lugar de retomar la integralidad del desarrollo (que se puede encontrar en el ensayo), yo quisiera insistir sobre la articulación de los diferentes puntos de este balance.

La lectura digital existe. La asociación de la computadora personal y de la web produjo una versión robusta y quizás también elegante de la máquina de lectura. En la historia de la lectura con computadora se pueden diferenciar netamente dos periodos, antes y después de la Web. La forma característica del primer periodo, la lectura de la pantalla a tiene como objetivo la comprensión de un texto. Se trata de una lectura de control operativo, como la que hacemos cuando retiramos dinero o compramos un billete. Se trata de lo que los sociólogos llaman ‘lectura ordinaria’. La invención de la Web por Tim Berners-Lee creó las condiciones de base de un ambiente textual [en la pantalla] suficientemente consistente como para suscitar una verdadera lectura digital.

Pero si la lectura digital existe, su tecnología es una tecnología por defecto. Para desarrollar este punto, hay que recordar que es una tecnología de lectura. Ella puede ser de dos tipos: puramente intelectual, interior, y que no dispone de un equipamiento especifico, en cuyo caso se trata frecuentemente de un arte de la lectura, de un tipo de disciplina; o bien de algo exteriorizado, delegado a un dispositivo técnico.

Se esperaría, en el caso de lo digital, a que la tecnología de lectura sea del segundo tipo, una tecnología delegada a un equipamiento exterior. Tal programa existe, es la máquina de lectura de Vannevar Bush (Memex), retomada por Ted Nelson, el inventor del hipertexto. Con toda evidencia, el digital tal cual lo conocemos no realizó este programa ni ningún programa de tecnología de lectura. Por ejemplo, la posibilidad de que el lector pueda producir sus propios recorridos de lectura en el texto digital, central en la orientación hipertextual, no ha sido puesta en práctica en el dispositivo de la web. Tampoco se ha desarrollado una tecnología estrictamente humana, que podría haberse convertido en objeto de una enseñanza. Por el contrario, esta ausencia es uno de los problemas mayores de la cultura digital. Yo no afirmo que esas dos tecnologías de lectura digital sean inconcebibles; por el contrario, ellas son concebibles, y el problema es precisamente la inexistencia de esas tecnologías que sin embargo son perfectamente concebibles.

La lectura digital se efectúa entonces en el marco de esta tecnología por defecto. El acto de la lectura digital es complicado y difícil. Esas dificultades, señaladas por los psicólogos y los especialistas en ciencias cognitivas son de todo orden: la visibilidad del texto en la pantalla, la tipografía y la puesta en página, el desvío de la atención por las bifurcaciones del hipertexto, ausencia de integración de las operaciones de lectura que impiden que el lector proyecte su modelo de comprensión del texto leído. El lector debe permanentemente re-encuadrar su idea del texto, con el riesgo de olvidar las versiones anteriores y por lo tanto cortar el hilo de lectura. Consecuencias principales de esas insuficiencias tecnológicas son la sobrecarga cognitiva, fundamentalmente operativa y la desorientación del lector.

Este punto es crucial porque explica que el lector de la lectura numérica, a diferencia del lector de la lectura clásica, tiene hoy en día la tarea y la responsabilidad, en el curso de la operación de lectura, de hacer surgir un tipo de tecnología-movimiento, operación que evidentemente sobrecarga la lectura.

ATENCION

El segundo punto de este balance de la lectura digital que yo propongo es el siguiente: existe un riesgo de convergencia entre el tipo de atención movilizada durante la lectura digital, el grado de ejecución de la lectura, y el tipo de lectura.

En mi ensayo ‘Acerca de lecturas industriales’, a propósito de las teorías de Katherine Hayles sobre la ‘híper-atención’ propongo lo siguiente [4]: ‘Muchas de lo que Katherine Hayles afirma acerca de la híper-atención debe aún ser confirmado. Pero si ponemos entre paréntesis, en forma provisoria, el problema de la diferencia de los estilos cognitivos generacionales, parecería bastante razonable reconocer que el ambiente de la lectura digital es poco favorable a una atención profunda, e igualmente que multiplica las ocasiones de desconcentrarse’.

Hoy, luego de muchas discusiones sobre ese tema, yo creo que valdría mas ser más tajante. En efecto, las teorías de la híper-atención, de tareas simultaneas (multi-tasking), de generación numérica X o Y, nos dicen dos cosas: Existiría un estilo cognitivo generacional y ese estilo correspondería a las características del medio digital. No sé si la idea de un estilo cognitivo generacional es sólida. No siendo psicólogo ni cognitivista, no puedo tomar partido. Por el contrario, me parece bastante falso afirmar que ese tipo de atención correspondería por principio al texto y el medio digital. Creo más bien que lo que el texto y el medio digital requieren es la capacidad de articular las diferentes velocidades de lectura, y no la sola lectura rápida encadenando los clicks. El lector debe combinar el vistazo echado sobre la Web y la exploración metódica de ciertos nexos inter-textuales, encadenar la escrutiño de un texto dado y su lectura sostenida. Es a esto que debería corresponder la economía individual de la atención en el acto de la lectura digital.

Yo me temo que estos razonamientos sobre la híper-atención sean pasablemente tautológicos, y que nos arriesguemos a cometer el mismo tipo de error que cometen algunos queriendo ayudar a quienes leen con dificultad tratando de inculcarles los principios de lectura rápida de los lectores competentes.

PRE-LECTURA Y LECTURA

En el caso de la lectura digital, existe una confusión entre diferentes grados de ejecución de la lectura, y más precisamente, entre pre-lectura y lectura.
Nosotros nos hemos acostumbrado a una entrada a la lectura tal como la permite y la organiza la lectura de un libro impreso. En la lectura clásica, el libro está frente a mis ojos, lo abro, y comienzo la lectura. Sin embargo, hay toda una serie de preguntas que han sido planteadas y resueltas previamente. Yo quiero este libro y no otro, el libro que yo leo es aquel que yo quiero leer, es un libro legible en general, es legible por alguien como yo, tiene características que compensan las dificultades de la lectura, etc. Esta situación, posibilitada por la cadena del libro, nos parece natural. Y sin embargo existen numerosos casos donde la distancia entre el texto/medio y el lector es tal que impide esta entrada quasi-directa en el texto y requiere una operación preparatoria, un primer grado de ejecución de la lectura sin el cual lo que nosotros entendemos habitualmente por acto de lectura no puede establecerse. A esta operación inicial se la conoce generalmente como pre-lectura o ante-lectura [5].

La pre-lectura es la producción, por parte del lector, de un texto legible. Leggere retoma su sentido inicial de juntar o recoger. Puede verse bien que la navegación inicial es un tipo de pre-lectura. Pero una pre-lectura no es tal que si ella es seguida efectivamente de una lectura. ¿Cuál es el mecanismo que hace que la operación de preparación pueda ser tomado por la lectura misma?

La actividad de orientación previa a recoger y producir el texto a ser leído requiere una habilidad doble: acerca de los textos, pero también acerca de la tecnología digital (por ejemplo, poder diferenciar entre las funciones diferentes de un vínculo hiper-textual). El lector que carece de esa habilidad en realidad simula la pre-lectura. No sabiendo porqué ha producido ese texto a ser leído, puede igualmente pensar que ha producido una lectura. Es en alguna medida, aplicado a la lectura, la situación simétrica de copiar y pegar en el campo de la escritura. El lector valida un tipo de doctrina implícita según la cual, dado que el texto no está preparado para la lectura según las normas de la lectura clásica, dado que el texto debe ser necesariamente… mirado por encima y escudriñado, dado que ello parece corresponderse con ciertas operaciones de la hiper-media, en la cual se da un cierto tipo de atención, todas estas operaciones, que en realidad no deberían apuntar sino a la preparación, se confundirían con la lectura digital propiamente dicha.

Señalemos aquí el carácter realmente problemático de ciertas formaciones en tecnología digital –que en algunos casos podríamos calificar en realidad de deformaciones- es decir, cuando esta formación se reduce a lo que parece ser lo especifico de lo digital, sin preocuparse de situar la lectura digital en el marco de la lectura en general, y tomando sin verificación previa la lectura clásica como algo ya adquirido. Por ejemplo, si se enseña la navegación sin insistir sobre el hecho que esta debe ser seguida de una lectura atenta, como podemos evitar que muchos internautas y particularmente los más jóvenes, confundan pre-lectura con lectura, navegación y lectura digital, y piensen que esta pueda reemplazar la lectura clásica.

EL TIPO DE LECTURA

Saber si se lee de una forma que alienta o no a la reflexión no es solamente una pregunta fundamental sino la pregunta que debe hacerse a cualquier tipo de lectura, incluyendo la digital. Ello lo es más aún si examinamos, más allá del mero acto de lectura, a la lectura como un ejercicio a lo largo de la vida, como practica cultural y ciudadana.

En un artículo publicado en 2005 [6] Ziming Liu trata de acotar el comportamiento de lectura en un medio ambiente digital. Este estudio acentúa correctamente, recordando las bifurcaciones hacia el papel, la dificultad de proceder en el marco de la lectura numérica, mas allá de la lectura de escrutinio, a una lectura sostenida, es decir, no solo una lectura de información sino una lectura de estudio.

La lectura de estudio se constituyó en Occidente a partir de la lectura silenciosa y alrededor del vínculo, metódicamente constituido, entre lectio y meditatio, lectura y reflexión. La lectura de estudio tiene otro fin que la lectura de información. Se trata de una técnica en sí. Apunta a través el conocimiento profundo del texto a la cultura de sí. La lectura no es la reflexión; es el primer ejercicio que prepara al segundo, sea meditación sobre o a partir del texto, sea meditación sobre el estado subjetivo del lector después de la lectura. Evidentemente la lectura de estudio, profunda y sostenida, que se prepara a la reflexión, supone una implicación y una atención diferente de parte del lector.

Para resumir este primer balance de la lectura digital. La lectura digital existe como práctica. Su tecnología es una tecnología por defecto, y tiene el riesgo de una convergencia entre el tipo de atención (híper-atención o atención sostenida), el grado de ejecución de la lectura (pre-lectura o lectura) y el tipo cultural de lectura (lectura de información o lectura de estudio que asocia lectura y reflexión). Pero antes de finalizar este balance, debemos tomar un primer desvío, y examinar, la situación de los lectores que se entregan a esta lectura.

ACERCA DE LAS LECTURAS INDUSTRIALES

El espacio de las lecturas industriales, es antes que nada la aparición de las industrias de lectura de las cuales Google es el mejor ejemplo. Conocíamos ya la lectura como tecnología, como una de las primeras industrias culturales. Lo que nuestra época descubre, no es solamente una nueva tecnología externa de lectura, sino una industria de lectura.

La industria de lectura –dicho de paso, una de las más sorprendentes demostraciones del carácter fantasmal de la sociedad post-industrial – se sitúa en la confluencia de tres industrias: la industria de la información, la industria del marketing, y las antiguas industrias culturales (en particular la edición). Está constituida por diversos sectores de actividad. El primero en aparecer, clásico en el contexto de las industrias de la información, es el de la producción de medios de lectura, tales como los materiales y el software: libros electrónicos, lectores (“readers”), navegadores, motores de búsqueda. El segundo sector es el de la producción mecánica (machinique) de actos y de textos de lectura, como lo ilustran en forma maravillosa las páginas de resultados de los motores búsqueda. El tercer sector de actividad, que está en el corazón del modelo de negocio de Google es la comercialización de las lecturas y de los lectores. La economía de Google se apoya, efectivamente, en un mercado doble: por un lado la provisión de un acceso a la información (gratuita en el caso de la web, paga para los libros digitalizados), y por otro lado, la reventa de espacios de mercadeo y de informaciones sobre las lecturas y los lectores.

La industria de lectura así constituida se confronta al público de los lectores digitales. Dada la abstención del poder público, o de la ausencia de todo poder cultural, esta confrontación distingue claramente el espacio de las lecturas industriales de los regímenes anteriores de lectura – es la economía, es decir, el consumismo, que se apropia directamente, sin intermediarios, de la lectura.

La confrontación de los lectores y la industria no solo forma el contenido de la lectura numérica, sino que explica ampliamente el contenido como tecnología y como práctica.

El modelo económico de las industrias de la lectura corresponde, desde mi punto de vista, al tipo de desarrollo de la tecnología de lectura numérica, a esta noción de tecnología por defecto. La lectura de información puede fácilmente ser absorbida por la comercialización de las lecturas y de los lectores, lo que no ocurre con la lectura de estudio. A la inversa, el desarrollo de una tecnología que favorece la lectura profunda, el ejercicio cultural de la lectura, desarrollo que no solo concebibles sino que está perfectamente a nuestro alcance, entraría rápidamente en contradicción con la necesidad de comercializar la lectura. Es así que la tendencia actual no es realizar el proyecto de máquina de leer de Vannevar Bush y Ted Nelson, sino más bien bloquear esta posibilidad.

La lectura convertida en industria tiene una novedad inusitada: los robots de lectura, la asociación de textos humanos y textos mecánicos. El robot de Google es un robot de lectura. El produce actos de lectura: escanear, reptar [crawler], indexar y producir textos de lectura innumerables, furtivos, provisorios, que son difíciles de distinguir de los textos producidos por humanos. Y la confusión es general. En general, estos textos mecánicos son leídos como si hubieran sido producidos por un ser humano. Pero estos robots no saben leer, de hecho, mismo como robot de lectura el robot de Google no es nada extraordinario, y el proyecto Google de digitalización de libros, comportando la comparación entre los textos humanos (los catálogos de las bibliotecas) y los resultados del robot ha contribuido un poco a reducir esta confusión.

Las debilidades de los robots de lectura permiten establecer este punto que yo creo decisivo: el actual dispositivo de lectura digital presupone un lector dotado a la vez de una gran responsabilidad y de una gran habilidad. Es responsable no solamente del establecimiento del texto por medio de la lectura, sino también de la tecnología, de su propia educación, y de su participación en la red de los lectores. No confunde pre-lectura y lectura, híper-atención y atención sostenida, lectura de información y lectura de estudio, acto de lectura y ejercicio de lectura. Sabe identificar y rectificar el trabajo de los robots. Hasta la industria de la lectura reconoce que su actividad presupone un tal lector. Para justificar los errores hallados en los motores de Google Books, los dirigentes de Google sostienen que la vastedad del texto numérico impone la automatización, con la inevitable posibilidad de error, y por lo tanto la actividad correctiva de los internautas. En otras palabras, a la incansable diligencia de lectura del robot debe corresponder la actividad interminable de corrección del lector competente.

Situación sorprendente: la lectura consumo, tal cual [la porte] el espacio de las lecturas industriales supone un lector aficionado, responsable, competente, que adopta la lectura como técnica de sí, es decir, exactamente lo contrario del consumidor. La lectura digital [apelle] lo que el estudio de Olivier Donnat llama ‘acumulación de modos de acceso’, es decir, una doble formación, en lectura clásica y en lectura digital. Toda otra orientación no puede ser sino una catástrofe cognitiva y cultural.

NOTAS

[1] Este artículo es continuación del ensayo ‘Acerca de las lecturas industriales’, publicado en Pour en finir avec la mécroissance [Terminar con la mal crecimiento]. Integra en particular el resultado de muchos intercambios tenidos posteriormente, en particular durante el coloquio en Aix, Les mutations numeriques du libre [las mutaciones digitales del libro]. Cf. Bernard Stiegler, Alain Giffard et Christian Fauré, Pour en finir avec la mécroissance, quelques réflexions d’Ars Industrialis, Flammarion, 2009.

[2] Precisamente, 30% de los franceses no leen libro alguno, 27% de 1 a 4 libros, 12%, 5-9. Alrededor del 30% de los franceses leen por lo menos 10 libros por año. La situación se ha degradado sensiblemente desde 1997. En 1997, 35% de los hombres leían al menos 10 libros por ano, pero solamente 26% en 2008, es decir una baja de 9 puntos, prácticamente un punto por año. Entre las mujeres, 41% en 1997, y 38% en 2008. La diferencia entre hombres y mujeres se ha incrementado. El padre no lee más. Los exámenes de lectura de la ‘Jornada de convocación para la preparación a la defensa’ permiten evaluar el dominio de lectura. Todos los años, de un grupo de 800,000 jóvenes, hombres y mujeres mayores de 17 años, ‘5% de los jóvenes tienen dificultades graves con la lectura, y de estos la mitad son analfabetos’. ‘6% tienen una capacidad muy débil de lectura’. ‘un 10% adicional son lectores mediocres con riesgo de tener en el futuro dificultades reales con la lectura’. El porcentaje… de jóvenes que no tienen ninguna dificultad es aproximadamente un 65%. El resultado es mejor entre las jóvenes, 70% no tienen dificultad alguna, contra 60% de los varones. Según la investigación ‘información y vida cotidiana’ del Instituto Francés de Estadística y Estudios Sociales (INSEE) que incluye entre otros test de lectura, 7% de las personas encuestadas de todas las edades ‘tenían dificultades graves con lo escrito’ y un 5% adicional tenían dificultades suficientemente severas como para poner en duda su capacidad de utilizar un material escrito, es decir un 12%, de los cuales un 9% escolarizados en Francia. Se ha hablado mucho de los resultados del programa internacional para el seguimiento de los logros de los alumnos (PISA) realizado por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OECD), que mide justamente la comprensión de lo escrito desde una perspectiva pragmática. Francia, que generalmente estaba por encima del promedio en la encuesta realizada en el año 2000, pasaba a estar ligeramente por debajo en la encuesta del 2006. Este punto debe ser relacionado con la baja de este promedio en el conjunto de los países. La caída de la nota francesa: 17 puntos (sobre 500); caída promedio de 6 puntos. El porcentaje de alumnos franceses clasificados en el nivel 1 (el más bajo) paso de 11 a 13%, y los alumnos ‘debajo del nivel 1’ (¡!) de 4.2 a 8.5%. Solo la investigación de la Fundación Nacional para las Artes norteamericano del 2008 muestra una recuperación de la lectura literaria, que no logra corregir sin embargo una baja general de lectura del libro impreso que ya lleva una veintena de años. Olivier Donnât, Les pratiques culturelles des Français a l’ère numérique, enquête 2008, La Découverte, Ministère de la Culture et de la Communication, 2009. Alain Bérau, les tests de maitrise de lecture, des résultats convergents et préoccupants pour la France, en : Luc Ferry, Combattre l’illettrisme, Odile Jacob, 2009. National Endowment for the Arts, Reading on the rise, A new chapter in American Literacy, preface de Daa Gioia, Enero 2009 (http://www.arts.endow.gov/news/news09/ReadingonRise.html).

[3] Les pratiques culturelles des Français, tableau 57, p. 223

[4] Des lectures industrielles, en Pour en finir avec la mécroissance, p. 190

[5] El concepto de ‘pre-lectura’ deriva de la praelectio de los Romanos. Los Jesuitas del siglo XVIII la utilizaban aun en forma regular. Para un ejemplo reciente, ver el libro de Jacques Roubaud, Poésie, etecetera: ménage, Stock, 1995, p. 130.

Articulo originalmente publicado en el sitio Skhole (http://skhole.fr/node/215). Esta traducción se publica con el gentil acuerdo del autor, quien es el propietario de todos los derechos.

Alain Giffard fue director de tecnologías informáticas del TGB, promotor intelectual de la biblioteca digital de la Biblioteca Nacional de France, el vice director del Instituto Francés de Memoria de la Edición Contemporánea (IMEC), el asesor sobre asuntos de informática y sociedad del Ministerio Francés de la Cultura y la Comunicación, y fue presidente de la comisión interministerial sobre acceso público al internet.

El realizó recientemente un informe sobre la lectura digital y la ‘lectura industrial’ para el departamento de Cultura y la Comunicación, y está dirigiendo un estudio sobre Hughes de Saint Victor, un maestro y filósofo del siglo XII.
Alain Giffard publicó artículos y ensayos sobre hipertexto, lectura digital y las prácticas culturales relacionadas con el Internet. Muchos de estos ensayos fueron reproducidos en su bitácora francesa.
Es presidente de Alphabetvillle, miembros activo del grupo Ars Industrialis, y colaborador del Centro Internacional de Poesía, en Marsella, Francia.

© Alain Giffard 2010.

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