Leon Rozitchner (1924-2011)

5-sep-11

Leon Rozitchner, filósofo y ensayista, falleció ayer en Buenos Aires.  Wikipedia trae una corta biografía, y una bibliografía de sus obras principales.  Sus obras principales (sobre la filosofia de Max Scheler, sobre etica y politica usando con caso de estudio los interrogatorios públicos de los combatientes anti-castristas de Playa Giron, sobre Freud, sobre Peron y finalmente sobre San Agustín) están construidos sobre la base de una lectura minuciosa y la amplificación de las consecuencias que se derivan de esta. Rozitchner hizo suya la teoría de Lucien Goldman, según la cual ciertos pensadores expresan el máximo de conciencia posible de una clase social, y por lo tanto iluminan al mismo tiempo que obscurecen la naturaleza de los conflictos sociales.  Esto hace que la lectura no sea meramente polémica, como seria el caso si se tratase de una mera ideología sin contenido de verdad alguno. Así Scheler, conocido en general en América Latina por sus tendencias conservadoras y reaccionarias, es reivindicado por Rozitchner por su fenomenología de las afecciones concretas. Igualmente Freud, del cual dice que expresa los limites del pensamiento burgues, pero tambien sus logros.

Cierto que, con el ardor de la polémica, en algunos de sus escritos esta contraparte queda a veces sin desarrollar. Es este el caso especialmente en el caso del libro sobre Agustin, que omite todo  contexto historico, las discusiones internas a la iglesia, la lucha contra el gnosticismo, etc.

Si la influencia de sus libros es difícil de evaluar,  su enseñanza, ejercida fundamentalmente en grupos de estudio y en instituciones paralelas a la universidad oficial fue seguramente profunda. Fue en uno de esos grupos donde aprendí junto a otros a leer los Manuscritos de 1844 de Karl Marx,  la existencia de los Grundrisse,  y la existencia de posibilidades filosóficas que la universidad no me dejaba sospechar.


Sobre la Cosa y la Cruz de León Rozitchner: Aportes para el debate

7-abr-10

Por Facundo Fontela (1)

¿Qué relación existe entre Capitalismo y Cristianismo? ¿Produjo el cristianismo, a través de su dispositivo mítico, las condiciones subjetivas necesarias sobre los individuos, que posibilitaron luego el surgimiento del capitalismo? ¿Es un hecho meramente azaroso que este sistema de producción haya surgido en el occidente cristiano, o de hecho, no podría haber nacido en otro lugar? ¿Por qué el capitalismo, nace, precisamente, al interior de una sociedad atravesada por la cosmovisión cristiana? ¿Hay alguna relación entre las configuraciones subjetivas que desata un ideario religioso sobre los sujetos, y la articulación y producción de las relaciones sociales y económicas que se producen en una sociedad? ¿Ha triunfado finalmente, como creemos, el Iluminismo, La Razón Moderna Cartesiana, dejando sin efecto todo intento religioso, divino, como determinante del orden de las cosas, dar cuenta del funcionamiento de la realidad, volviéndolo así un artefacto anacrónico que convive como una especie de ideología disecada entre las luces modernas? ¿Es verdad que los mitos son cosas del pasado, de sociedades humanas primitivas, piezas de museo que nosotros, sujetos modernos, sujetos de Historia, nos hemos encargado de extraer quirúrgicamente del conocimiento de las personas, a fin de construir eso que llamamos ciencia, verdadera linterna del progreso? ¿Por qué las experiencias revolucionaras llamadas socialistas, antagónicas a las determinaciones antropológicas, económicas y sociales que se producen bajo el sistema capitalista, han terminado fracasando en su intento de construir un nuevo hombre, una nueva sociedad, nuevas formas de relaciones sociales, donde no haya clases, explotados ni explotadores, y el comunismo finalmente abra paso al paraíso sobre la tierra? ¿Será como aventura Rozitchner “que su acción política, no alcanzaba el núcleo duro donde reside el lugar mas tenaz de sometimiento”? (Rozitchner, 1997:9)

Estas preguntas, que nos hemos estado formulando, son las que recorren el eje que atraviesan la problemática de La Cosa y la Cruz, libro que plantea, la relación intrínseca que existe, entre la reorganización imaginaria y simbólica operada en la subjetividad por la nueva religión del Imperio romano, y el surgimiento del capitalismo, de un modo, a nuestro parecer, agudo, polémico y brillante, yendo a eso que muchos creen es una especie de enfermedad de sociedades poco desarrolladas que no tuvieron la gracia de ser iluminadas por la Razón que las saque de las cavernas, es decir, rastreando en las configuraciones mitológicas, tan vivitas y coleantes en nuestras sociedades como un nene de siete años, devorando, entre nervios y ansiedad, el cuerpo de Cristo en su primera comunión. Empecemos pues, a desenredar un poco esta madeja.

Rozitchner va discutir contra la visión que le da primacía a la producción económica como forma explicativa del surgimiento del capitalismo, diciendo que para que esta sea posible, previamente debió operarse sobre la subjetividad el desprecio radical por el cuerpo. Es decir, primero el terreno de lo subjetivo, sobre el cual luego interviene el económico. Dicho en palabras de su autor: “Puesto que para que haya un sistema donde paulatinamente todas las cualidades humanas, hasta las más personalizadas, adquieran un precio-valor cuantitativo como “mercancía”, forma generalizada en la valorización de todo lo existente- fue necesario previamente producir hombres adecuados al sistema en un nivel diferente al de la mera economía. La tecnología cristiana, organizadora de la mente y del alma humana, antecede a la tecnología capitalista de los medios de producción y la prepara” (Rozitchner, 1997:10) Vemos la importancia que el autor le otorga a esta preparación previa subjetiva, como condición necesaria para que las nuevas configuraciones económicas puedan introducirse y ser asimiladas por los sujetos. Esta jerarquía que de algún modo establece Rozitchner, entre la determinación simbólico-imaginaria religiosa producida en la subjetividad, y la técnica-económica, será muy importante ya que con la misma trataremos de problematizar hacia el final del texto, para entender cómo es que entonces el modo de producción capitalista ha logrado introducirse en aquellas sociedades que están atravesadas por otros sistemas religiosos que nada tienen que ver con el cristianismo.

Desarrollemos más en profundidad el funcionamiento del mito religioso. Rozitchner va a tomar el concepto freudiano del “mito teórico”, y lo va a utilizar para explicar cómo el mismo funda y configura una determinada cultura. No podemos utilizar el mismo mito para dar cuenta de los distintos modos de sociedades. Hay que rastrear en cada una de ellas cuál fue el que la creo simbólica-imaginariamente con sus profundas consecuencias en todos los órdenes de la vida. Y es aquí donde entra en juego el complejo de Edipo, como mecanismo que determinaría una particular configuración psíquica en los sujetos. El complejo de Edipo como esa instancia que nos permite a cada uno de nosotros el acceso a la cultura, y que la mayor parte del tiempo las masas recrean y reproducen en su misma sintonía. Es en el complejo de Edipo donde se dirimen los modelos e ideales de toda persona y de una sociedad. Y, a diferencia de Freud, es que entonces Rozitchner va distinguir múltiples complejos parentales, cada uno en función de una determinada cultura.

¿Cómo funciona ese mito en la producción de sujetos? ¿Cómo los prepara para un sistema social basado en la depreciación del cuerpo, en su cómputo y su cálculo como generador de plusvalía? Rozitchner va a decir, que ese complejo parental es el cristiano, distinto del judío, del griego clásico y de cualquier otro. Porque el cristianismo también tiene su triángulo edípico, y es éste el que sentó las bases subjetivas que posibilitaron que un modo de producción como el capitalista, gozara perverso él también del momento único de la génesis. ¿Qué encontramos en el Edipo cristiano del Nuevo Testamento? Que María, es madre Virgen, inseminada por un Dios-Padre abstracto, que dan vida a un hijo, Cristo, identificado con Dios, que sacrificará su cuerpo terrenal en la cruz por lo eterno del espíritu, para demostrarles a todos, inmortalidad mediante, su condición divina junto con la de la Madre Virgen y el Dios-Padre. Un triángulo sin lugar a dudas psicótico, delirante, que pone de relieve la ausencia de lo carnal fundante, y en donde sus tres componentes están elevados a la infinitud sin cuerpo. Diferente al mito judío, dirá Rozitchner, donde su complejo parental está formado por un Dios pero con características antropomórficas, una Madre que engendra con el marido y que por ende no tiene nada de absoluta, y un Hijo que no se considera hijo de Dios sino que se sabe nacido de una madre y un padre mortales. Vemos aquí la carencia del componente divino operando, que no hay negación de la carne, del cuerpo. Que a diferencia del judío, en el Edipo Cristiano se oculta la madre, lo materno-femenino, ese lugar arcaico de la primera etapa del niño cuando nace, organizadora de las primeras experiencias en unidad simbiótica con el cuerpo que le dio vida, una relación sin relación, donde no hay dos, solo hay uno, solo hay Cosa, y que es a partir de esta experiencia primigenia que se nutrirá el sentido de todo pensamiento. Con la Virginidad de María se produce el robo de la Cosa, la negación de la mater sensible, dotadora de afecto que abre sentido, el fundamento de la materialidad histórica en tanto que las primeras significaciones van surgiendo en la “coalescencia de afectos, sabores, olores, sapiencias rugosas o lisas, cavidades húmedas de un cuerpo erógeno […], ritmadas y conglomeradas por la melodía sonora de la voz materna que sintetiza y ordena el caos de las sensaciones y de las cualidades” (Rozitchner, 2008: 74) Ley Cristiana que va a disciplinar en el cuerpo la sustancia sensible, el goce, imponiendo la sustracción del plusgozar, habilitando así la extracción de plusvalor.

Ley Cristiana que ya no es más externa, como en el Antiguo Testamento, donde los judíos circuncidan el pene del niño para insertar allí un límite a todo el cuerpo, que les prohíbe tomar a la madre como objeto sexual amenazando con castrarlo. El cristianismo hace su aporte innovativo en las tecnologías de dominación: internaliza la Ley mediante la circuncisión del corazón. Ya no hay más una ley exterior a cual se pueda desafiar y enfrentar, y así mismo en ese enfrentamiento, poder conquistar algún tipo de goce como cuando San Agustín, de niño, roba las peras movido solamente por el deseo de lo que se le estaba prohibido. Y que esta infracción subjetiva, va a decir Rozitchner, permite su prolongación en el enfrentamiento colectivo y social de las leyes opresoras. San Agustín, ya adulto, ya cristiano, se dará cuenta que lo único que hace la prohibición es acrecentar el deseo de la acción ilícita, y que por lo tanto hay que tatuar de otra manera el sentido de justicia y de obediencia. Porque en el judaísmo, la misma pena de los vicios, la muerte (“morirás si pecares”), se convierte en arma para la virtud en el Nuevo Testamento, donde la justicia se cumple muriendo: “muere porque no peques”, nos reza su terrorífico slogan, aniquilando de antemano la posibilidad de enfrentar el poder, de actuar libremente siguiendo nuestras pulsiones, nuestra líbido. Se peca incluso con el mero pensamiento sin siquiera llevar a cabo el acto. Entonces ahora, con la religión cristiana, cada sujeto pasa a ser la Ley misma; es más, ya no hay más un “yo”, ahora solo hay Cosa, Cosa Cristiana que deviene en cosificación capitalista. Con Cristo se cumple la justicia muriendo. Triunfa la Ley de la Muerte religiosa, metiéndola “en el cuerpo mismo de la propia vida pulsional y subjetiva” (Rozitchner, 1997: 334), donde sacrificamos previamente el cuerpo a Dios para purificarlo del pecado antes de que peque. Es decir, sacrificar obedientemente nuestro cuerpo a la plusvalía, al modo de acumulación y sometimiento capitalista, para obtener la gracia divina de la vida eterna del espíritu, en el pandemónium psicótico del reino de los cielos.

El cristianismo niega lo materno-femenino, y con ello, todas sus cualidades inscriptas (sensibilidad, afecto, materialidad originaria, goce) en nosotros en esa relación primaria con las pulsiones arcaicas, fundamento sensible de la conciencia. Ese lenguaje primero materno-femenino, es desplazado por la Razón Patriarcal, por el Dios-Padre. Pero esta materialidad ensoñada fruto de la experiencia arcaica madre-hijo, no desaparece, sino que permanece presente, ocultada por el lenguaje patriarcal, la cual a su vez utiliza como soporte para su desenvolvimiento, y que no la reconoce como lengua materna originaria origen del pensar humano, de la razón, de las pulsiones que todo lo mueven y transforman. Es por esto, va a decir Rozitchner, que el lenguaje materno es el fundamento de la materialidad histórica.

La religión cristiana de esta manera, se presenta como una doctrina anti-materialista. Un dispositivo mítico que se apodera de la infancia arcaica, poniendo en su lugar una madre Virgen, vaciada de sus componentes carnales y gozosos, que comunica la misma lengua que el padre.

La mujer-madre en la trinidad católica, decíamos, queda deformada en el Espíritu Santo, insustancial, asexuada, etérea, por lo tanto excluido lo cualitativo femenino del triángulo, siendo trasladadas en su forma abstracta a Dios. Tenemos un Padre, un Hijo, y un Espíritu Santo, ocultando la carne materna, mater-ial, que en palabras de Agustín es el común amor del Padre y del Hijo, y que por lo tanto no se la disputan como una presa, no hay enfrentamiento entre padre e hijo en pos de lograr quedarse solamente uno de ellos con su amor sin compartirlo con nadie. Imitación de la Ley paterna antes que identificación y lucha a muerte, el triángulo cristiano disuelve el carácter trágico del Edipo griego y también del judío. No hay tragedia en el occidente cristiano, no hay tragedia en el arribo a la cultura, como sigue sin haberla ahora, posmodernos, 2000 años después, bajo el influjo técnico-económico capitalista, que fabrica sus píldoras, sus cremas antí age, que te ofrece cirugías estéticas para modificar sin límites lo otorgado por la madre-sabia-naturaleza, los descubrimientos y avances en la medicina que elevan los años de vida, las investigaciones en el campo de la genética desarrolladas hoy en día que prometen patear cada vez mas lejos la indeseada finitud , todo al servicio de la construcción antí-trágica de la existencia. “Imposible is nothíng”, sentenciaba una publicidad de la marca Adidas hace unos años, tan sintomática como los consejos del nuevo gurú internacional de las finanzas, Robert Kiyosaki, que tienen la mágica condición de convertir a cualquier muerto de hambre en millonario si sigue disciplinadamente una serie de recetas. Un sistema de producción social anti-trágico, en correlato con el mito fantasmagórico que lo recorre a su interior. Distinto del Edipo judío de Freud, dice Rozitchner, donde el padre aparece imponiéndole la amenaza de castración al niño, y éste en su disimetría con el poder del padre lo enfrenta imaginariamente haciéndole lo mismo que quería hacer con él. El niño no se somete pasivamente a la amenaza de castración impuesta sino que ofrece resistencia mediante una regresión a “la fase oral de la organización la líbido” (Freud, 1969: 42) y se come al padre. Pero el amor que por otro lado también se le tiene hace que el niño le dé vida dentro suyo naciendo de este modo una nueva conciencia determinada por el super-yo paterno, la ley, y lo que aparece allí de algún modo es una nueva conciencia moral imponiendo un modo de ser con el otro y una forma de pensamiento, relegando la conciencia anterior, enlazada con la madre, unidad vivida y sentida. Esta es la lectura que extrae Rozitchner sobre la identificación en Freud, con la cual no estamos del todo de acuerdo y tenemos algunas divergencias. Veamos lo que dice Freud sobre la identificación: es la “ […] manifestación más temprana de una enlace afectivo a otra persona, y desempeña un importante papel en la prehistoria del complejo de Edipo. El niño manifiesta un especial interés por su padre; quisiera ser como él y reemplazarlo en todo. Podemos, pues, decir que hace de su padre su ideal. […] Simultáneamente a esta identificación con el padre o algo más tarde, comienza el niño a tomar su madre como objeto de sus instintos libidinosos. Muestra, pues, dos órdenes de enlace psicológicamente diferentes. Uno, francamente sexual, a la madre, y una identificación con el padre, al que considera como modelo que imitar. […] El niño advierte que el padre le cierra el camino hacia la madre, y su identificación con él adquiere por este hecho un matiz hostil […] (Freud, 1969: 42) “[…] la identificación es siempre posible antes de toda elección del objeto. Lo que ya resulta más difícil es construir una representación metapsicológica concreta de esta diferencia. Todo lo que comprobamos es que la identificación aspira a conformar el propio yo análogamente al otro tomado como modelo” (Freud, 1969: 43). Rozitchner nos dice, que cuando el niño le da muerte y luego le vuelve a dar vida dentro suyo por culpa, “se cagó para siempre porque a partir de allí él podrá retener la sumisión al padre” (Rozitchner, 2007) Sin embargo, a nuestro modo de interpretar, Rozitchner se muestra un tanto indulgente ante este planteo, ya que Freud pareciera estar diciendo que la identificación se produce antes de ese suceso: el padre es el ideal del niño ya incluso antes de hacerlo revivir luego de que lo haya matado. Leemos acá una especie de determinismo patriarcal en Freud donde el proceso de identificación, que “aspira a conformar el propio yo análogamente al otro tomado como modelo”, ya está atado de antemano, antes que cualquier otra cosa, al ideal del padre, y Freud no pareciera estar dándonos o no tener ningún argumento para esto, quizás atravesado por sus determinaciones ideológicas. El niño quiere ser como su padre, siempre, quiso ser como su padre, nunca como la madre, a la cual solo quiere para gozar sexualmente, como mero valor de uso. El niño enfrenta al padre, que le cierra el camino, porque él también quiere ser la Ley, la única por cierto. La identificación, antes amigable, ahora hostil, estuvo desde siempre, como una especie de leyenda mitológica que nadie recuerda su origen pero que seguimos transmitiendo de generación en generación. El niño no quiere ser esclavo, quiere ser amo, como bien va aprendiendo de su cultura patriarcal, por eso se bate a duelo con su propio padre, que lo mata de forma canivalesca, porque en la fase oral “el sujeto se incorporaba al objeto ansiado y estimado, comiéndoselo, y al hacerlo así lo destruía”. “[…] ama a sus enemigos […] no se come sino aquellos a quienes ama […]” (Freud, 1969:42). El barrilete Éros remontado por el huracán Tánatos: esa es la tragedia.

Entonces Rozitchner le va a atribuir a la cosmogonía cristiana, a esta Santa Trinidad sin la más mínima objetivación de carne, corporal, “la innovación psíquica en la construcción histórica de la subjetividad”, habilitando el “aniquilamiento radical del goce sensible de la vida” (Rozitchner, 1997: 10), operación que permite inocular el terror cuantitativo en los cuerpos, mero restos, basura desechable del espíritu, verdadera alma mater de la escena, volviéndolos así, aptos para la extracción de plusvalía.

Si aceptamos junto con Rozitchner, y de algún modo luego de leer el libro nos sentimos seducidos a ello, que Capitalismo y Cristianismo poseen “premisas metafísicas complementarias” (Rozitchner, 1997: 12), que este sistema religioso con su culto al hombre abstracto, posibilita el surgimiento del trabajo indiferenciado, motor de la producción de mercancías, no podemos dejar de cuestionarnos y preguntarnos por dos asuntos que nos inquietan felizmente: el primero, es cómo el capitalismo logró penetrar y calar hasta lo más hondo en aquellas sociedades atravesadas por mitos fundadores de subjetividad diferentes al cristiano. Cómo el Islam, en Medio Oriente y en muchos países africanos, el Hinduismo en India, el Budismo en la ya potencia capitalista China (que lo único que tiene de comunista es el nombre) y en Japón, otro monstruo del capital, que convive con el confucionismo, el taoísmo, cómo es que cosmovisiones, subjetividades tan estructuralmente distintas, han sido penetradas todas por el sistema económico capitalista. Porque si aceptamos la respuesta que una vez nos dio Rozitchner en forma personal preguntándole por esta cuestión, a saber, que fue luego la técnica su instrumento de conquista, entonces, y acá retomamos ese análisis inicial de este trabajo que hacíamos del planteo de Rozitchner sobre las condiciones subjetivas como antesala y preparación para la tecnología capitalista de los medios de producción, entonces decíamos, las condiciones subjetivas, la espectralidad mítica, cuestión muy central en su configuración, pasaría, paradójicamente con la postura del autor, a no tener relevancia, porque el dios-técnica arrasa con todo sin importar de qué matriz mítica está moldeada nuestra psiquis. Y acá abrimos el segundo interrogante, ¿será que la categoría de trabajo indiferenciado nada tiene que ver con la de hombre abstracto? ¿Será incluso, siguiendo a Deleuze, que este trabajo indiferenciado, esta “fuerza de trabajo abstracta”, es una noción oscura, vaga, imprecisa, que no termina de quedar muy clara y habría que empezar a cuestionarla de múltiples formas a ver cuánto resiste? ¿O será que todas las religiones, todas sus estructuras míticas, comparten alguna cualidad en común; que todas al fin y al cabo deprecian la materialidad gozosa en virtud del espíritu o el alma, y el cristianismo en definitiva no tiene nada de innovador, nada de particular? ¿O será que la productividad económica es una topadora ciega que desconoce de mitologías y esas cosas? Porque si no se acepta esto, entonces no se puede al mismo tiempo, priorizar las determinaciones mítico-subjetivas, y relegarlas en otro orden de circunstancias con la mera técnica. Son muchos los interrogantes que se abren, y no pretendemos nosotros saldar aquí la cuestión.

Bibliografía

Deleuze, Gilles, Conversaciones, Madrid, Editora Nacional.
Freud, Sigmund, La negación, Obras completas, España, Ediciones Orbis.
Freud, Sigmund, La escisión del yo en el proceso defensivo, Obras completas, España,
Ediciones Orbis.
Freud, Sigmund, Tótem y tabú, España, Ediciones Orbis.
Freud, Sigmund, Psicología de las masas, B.A.- Madrid, Alianza Editorial, (1969).
Marx, Kart, Manuscritos económico-filosóficos de 1844, B.A., Ed. Colihue
Rozitcher, León, La cosa y la Cruz, Buenos Aires, Editorial Lozada (1997).
Rozitchner, León, La subjetividad y los modelos históricos de sus ideales, Buenos
Aires, Revista Topía Nº 28 (2003).
Rozitchner, León, Edipos, Buenos Aires, Trabajo presentado en las jornadas de
Acontecimiento Freud, organizadas por la EOL -disponible en la web- (2007).
Rozitchner, León, Edipo judío y Edipo cristiano, Buenos aires, publicado en Salud Mental (comp. Kazi, G. y Ajerez, M), Ediciones Madres de Plaza de mayo, (2008).
Rozitchner, León, La mater del materialismo histórico, Buenos Aires, El ojo mocho
21 (2008).

(1) Facundo Fontela nació en 1983, estudio Sociología en la Universidad de Buenos Aires, y vive en la provincia de Buenos Aires Escribe en el blog colectivo lamaquiladora.blogspot.com. Publicó los libros de poesía Disterias (Tantalia, 2007); La profundidad de la piel (Ed. independiente, 2008); integro la antolgía de poesía navideña editada en el 2009 por Clase turista, Mirad al cielo: ¡Los renos caen ardiendo!; y en el último premio Indio Rico 2009 obtuvo una mención por el poemario Mismeos 2009. Actualmente prepara su primera novela.


Otro comentario sobre la falta de lectura de La Cosa y la Cruz

7-ago-09

En una nota reciente señalábamos que la obra de León Rozitchner tiene más críticos y defensores que lectores. Encontramos en un numero reciente de la revista Konvergencias (Año 6, No. 20, 2009) un artículo del profesor Joaquín A. Meabe que parece estar de acuerdo con nuestra impresión. Meabe dice que La Cosa y la Cruz es una obra tan importante como Ser y Tiempo de Heidegger o el Tractatus de Wittgenstein, y que sin embargo, a doce años de su publicación, no ha recibido aún ningún estudio decente.

No podemos menor que estar de acuerdo con esta afirmación. Es por eso lamentable que Meabe no acepte el reto, y repita en su su artículo lo que critica en otros. Es cierto que no se trata de un proyecto fácil, la lectura de este libro ‘estupendo e inclasificable’ (p. 72).

Si no hay intento de lectura propiamente dicha en este articulo, Meabe por lo menos propone una clasificación. La Cosa y la Cruz parece pertenecer a los libros que buscan hacer la genealogía de lo que él denomina barocamente ‘Estado Homogéneo Universal’ (EHU) y que parece corresponder a nuestra contemporaneidad globalizada. El origen de nuestro presente seria -asi interpreta probablemente con razón Meabe a Rozitchner- el cristianismo y su relación represiva con lo sensible y lo natural.

Pero a punto seguido Meabe adopta un punto de vista más cercano a Heidegger y a Schmitt, figuras en cuya compañía Rozitchner probablemente no se sienta tan a gusto. Dice Meabe

el éxito del Estado Homogéneo Universal no solo ha hecho trizas de las verbalizaciones de la metafísica sino que ha puesto en descubierto la inconsecuente pretensión de la ciencia y de la técnica cuyo circulo vicioso ya no puede ocultarse tras el velo de Maya (p. 73)

En traducción libre esto se leería asi: la modernización ha destruido no solo a las metafísicas tradicionales, sino también a la propia ciencia y técnicas modernas. Esto se parece mucho al lamento de Sloterdjik en la Critica de la Razón Cínica. Meabe parece contarse entre los decepcionados de la racionalidad y de la modernidad. Pero no ofrece pruebas de que Rozitchner forme parte de este campo. A primera vista, y a falta de una evidencia solida al respecto, pensaría que no es el caso.

Como ya lo dijimos alguna vez, La Cosa y la Cruz se merece una lectura crítica, es decir, una lectura que lo ubique en el contexto de otros intentos de recuperar un momento fundador de la modernidad. Sería una propuesta interesante tratar de integrar la posición de Rozitcher con los estudios del último Foucault, y con los trabajos de Peter Brown, que versan sobre el mismo periodo histórico.


Emilio de Ipola: Mi amigo León

4-ago-09

Comenzaré refiriendo una historia muy vieja. Corría 1958. El escenario era, si no me equivoco, el Aula Magna de la Facultad de Ciencias Exactas, por entonces en la calle Bolívar. Allí tenía lugar una mesa redonda sobre el peronismo, o bien sobre los partidos políticos argentinos. En todo caso la discusión del peronismo dominaba ampliamente el debate. Participaban en ella, entre otros, Ismael Viñas, Abel Alexis Lattendorf y León Rozitchner. En el público detecté a varios amigos míos, pero la sala estaba repleta y yo, que había llegado con algún retraso, seguí la discusión solitaria y prolijamente, libre por una vez de los habituales comentarios y bromas a que suele obligar la compañía de conocidos. El debate, vivaz y de buen nivel, había comenzado hacia las 19 hs. y se prolongó más allá de las 9 de la noche. Cuando concluyó, me encontré con mis amigos. Puesto a opinar, y creyendo sinceramente formular una obviedad, dije que la intervención de León Rozitchner me había parecido muy superior a las otras. Todos me miraron sorprendidos, lo que, a su vez, provocó mi propia sorpresa. “Ismael, vaya y pase –me decían– pero Rozitchner!”. En eso noté que Oscar Masotta se acercaba al grupo. Confundido, traté a mi modo de fundamentar mi opinión: “Las intervenciones de León –dije más o menos– parecían estar por encima y dar cuenta de las intervenciones de los otros”. Masotta aprobó mis palabras, con gran alivio de mi parte. Como comprobaría luego, ese modo que tenía León de escuchar el discurso del otro (amigo, adversario o enemigo) tomando en consideración lo que yo llamaría la relación entre, por un lado, sus enunciados y, por otro, las condiciones objetivas y, sobre todo, subjetivas de enunciación, sería una constante en su obra. Cambiarían, gracias en gran medida a su vasta lectura de Freud, los instrumentos con los que llevaría a cabo esa operación, pero no su sentido efectivo.

Esta historia me parece digna de ser contada por otra razón: me había topado allí por primera vez con el testimonio de una cierta y generalizada resistencia a aceptar, e incluso a escuchar, el discurso rozitchneriano. Rozitchner, interrogando políticamente y éticamente a sus interlocutores, preguntándoles sobre la coherencia o falta de ella entre su decir y su hacer, molestaba. Su palabra era siempre una fuente posible de inoportuna inquietud.

No había sido ésta la primera vez que veía a León. Lo había conocido en la Facultad de Filosofía y Letras, en Viamonte, algún tiempo atrás, a mediados del ’57. No hacía mucho, creo, que había vuelto de Francia, donde había obtenido su doctorado. Por entonces, dictaba para unos pocos, en el Centro de Estudiantes, un curso sobre “Problemas de Etica”, que incluía un análisis crítico de Max Scheler, en la línea de su tesis de doctorado (que más tarde publicaría Eudeba). No falto a la verdad si digo que, aún sin entenderlas del todo, yo admiraba la solidez de las exposiciones de León, el modo en que construía y fomulaba una crítica, la rapidez y seguridad con que respondía a las elementales preguntas que formulaban los asistentes.

El chisme, el sarcasmo y la provocación con fines de crear rencillas eran géneros muy cultivados entre los alumnos de la Carrera de Filosofía. Y, nosotros, novatos en esas prácticas, tuvimos oportunidad de ejercitarnos en ellas, no mucho tiempo después de lo que acabo de narrar. Hacia fines del ’58 aproximadamente, hizo su aparición entre nosotros el filósofo Raúl Sciarreta, un joven formal, siempre trajeado y con corbata, cuya voz tenue contrastaba con la intransigente seguridad con que enunciaba sus opiniones. Dictó para nosotros, los del Centro, un curso sobre Heidegger. Era un excelente expositor. Por entonces, no escatimaba las críticas más acerbas a los filósofos franceses de inspiración fenomenológica. Sartre, a quien admirábamos, pero también Merleau-Ponty, eran sus blancos preferidos. “Comparados con Heidegger –decía– no son más que aficionados, sobre todo Sartre”.

¿Debo confesar que quienes escuchábamos esas diatribas y nos enojábamos o gozábamos con ellas no estábamos aún en condiciones de comprenderlas? Eramos estudiantes recientes, aún indecisos en nuestras opciones teóricas, con pocas y dispersas lecturas, marcados aún por los tics, los miedos y las malicias del colegio secundario. Pero ya nos interesaba la política y fue percibir que existía una relación cierta entre política y filosofía, lo que nos llevó a estudiar filosofía. Lo cual, para nuestras mentes pequeñoburguesamente correctas, sólo podía hacerse en la Universidad.

De todos modos, con la llegada de Sciarreta, no se nos ocurrió preparar un debate serio y abierto sobre esa relación y sobre el modo en que León, Oscar y Raúl la encaraban. Se nos ocurrió, por el contrario, maquinar una suerte de encuentro tramposo y malévolo entre los tres, en casa de Eduardo Molina y Vedia. Contábamos con la siempre abierta disposición y el tranquilo desenfado de Sciarreta, con el consentimiento ligeramente resignado de Massota y con la buena fe de Rozitchner (que ignoraba todo de Raúl). La reunión nos satisfizo plenamente. Raúl repitió calmosamente su discurso antisartreano y proheideggeriano, se desentendió de algunas objeciones que le planteó Oscar, e ignoró la creciente pero silenciosa irritación de León –que, según creo, husmeaba algo raro en esa situación. Pocos días después, blandiendo un ejemplar de Mar Dulce, donde figuraba un artículo olvidable de Raúl (de quien sabíamos que se había afiliado recientemente a la Federación Juvenil Comunista), León nos increpó en el Cefyl y nos preguntó, sin ocultar su mal humor, qué pensábamos de Sciarreta. Denostó el artículo de Mar Dulce, pero sobre todo nos dio a entender con mucha claridad su opinión de que el encuentro de días atrás había sido urdido para generar un enfrentamiento bajamente competitivo (“a ver quién ganaba”) tras las apariencias de una reunión social, todo lo cual trasuntaba una mala fe de nuestra parte que lo había sorprendido y enojado. Finalmente lo tranquilizamos, pero no lo convencimos. No podíamos ser convincentes sabiendo que León tenía razón. Por primera vez nos sentimos tratados como adultos, lo que estaba bien, pero como adultos culpables, lo que nos gustaba menos.

Por cierto, Rozitchner no extremó las cosas y seguimos viéndonos frecuentemente con él. En el ínterin, Raúl –de quien debo decir que expresaba sus puntos de vista con convicción pero sin arrogancia ni fatuidad algunas– se iba aburriendo de Heidegger y se internaba en un marxismo un tanto esquemático (que ya despuntaba en el artículo de Mar Dulce) y Oscar, sumergido desde tiempo atrás en Question de Méthode –publicado en dos números de Les Temps Modernes (1957)–, nos transmitía con mucha convicción, en la figura de Sartre, la imagen del filósofo-político que todos queríamos ser. En cuanto a León, del que sabíamos simpatizaba con el pensamiento de Merleau-Ponty –ya habíamos comenzado penosamente a descifrarlo–, parecía ser quien más insinuaba un pensamiento original propio. En ese pensamiento se podían leer las marcas de Merleau-Ponty, de Jules Vuillemin y de Marx, pero el resultado no era reductible a una combinación de los aportes de esos autores. Recuerdo una luminosa exposición suya en un concurso de Introducción a la Filosofía, ante un jurado inepto para comprenderla.

Por entonces, yo había trabado una estrecha amistad con Massota, siempre dispuesto a aclararme hasta lo obvio. Pero, como sugerí más arriba, ya no éramos tan ignorantes; ya teníamos lecturas y empezábamos a entender. Recuerdo que Oscar me dijo un día de tantos que León no ocultaba un cierto escepticismo frente a las grandes construcciones fenomenológicas: “según León, sin abjurar de los aportes de la fenomenología, habría que optar más resueltamente por un marxismo abierto” (cito de memoria, por supuesto).

En todo caso, ya en esos tiempos, recién comenzados los años ’60, despuntaba en él una preocupación que compartía con más de uno, pero que sólo él comenzaba a desarrollar con seriedad: cómo pensar la subjetividad desde la perspectiva de una opción política de izquierda y en el marco de una filosofía materialista1. O, mejor, de un marxismo abierto, como había dicho bien Massota.

Pasó el ’60 y el ’61, hubo viajes, una parcial dispersión de mi grupo de amigos, la decepcionante experiencia del frondizismo, reacomodamientos teóricos y políticos. Yo cultivaba mi amistad con Massota; también con Ernesto Laclau, Eliseo Verón, León Sigal, Carlos Correas y otros (no me olvido por supuesto de mis amigos “condiscípulos”: Vanni Blengino, Pedro Pasturenzi. Eduardo Molina y Vedia). Veía menos a León Rozitchner por la simple razón de que no había hecho de Viamonte al 400 y adyacencias esa especie de segundo hogar en que se había convertido para nosotros. Pero de tanto en tanto se daba una vuelta, o concertábamos una cita, nos contaba sus trabajos, sus idas y venidas (me daba la impresión de que viajaba mucho) y sus opiniones sobre lo inmediato. Recuerdo su largo viaje a Cuba y otro a París (en el ’62) desde donde enviaba cartas que leíamos colectivamente.

Recuerdo también con bastante precisión un encuentro con él en la confitería El Blasón, donde, sobre una servilleta, me hizo una síntesis de su pensamiento. Creo que ya en esa síntesis aparecía, aún sin desarrollar, uno de los tópicos de lo que sería su preocupación central en años posteriores: la reflexión sobre el modo en que los cambios en el campo político objetivo encuentran su lugar de verificación en la transformación política de la subjetividad. No mucho después surgiría el otro núcleo de su indagación: la idea de la violencia como fundamento de la política, inseparable de aquella otra según la cual las formas de convivencia política pacífica (generalmente formuladas en términos de algún modelo contractualista, clásico o contemporáneo) debían ser pensadas en términos de “tregua”.

Poco tiempo atrás, yo había ayudado con bastante torpeza a León a “editar” lo que, según creo, era la versión castellana de su tesis de doctorado parisina. Para mí fue útil, porque sonó como un llamado de atención: durante un año y medio estudié aplicadamente francés. Pero en ocasión del encuentro en El Blasón (que no fue seguramente el único), mis estudios de filosofía en la UBA tocaban a su fin. Ya no era el apocado estudiante de fines de los ’50. A la vez, empezaba a sentirme amigo de León.

A partir del ’64 empezó para mí otra historia, muy larga, de la que sólo referiré los que fueron para mí sus hitos principales. Tuve la suerte de obtener una beca para estudiar en París y desde entonces viví durante diez años en algo que por cierto no era turismo, pero tampoco exilio. En 1967 me trasladé de París a Montreal, donde viví casi cinco años. Fui varias veces de visita a la Argentina (en 1965, 1968, 1970, 1972). Me instalé en Chile en 1971. El golpe de Pinochet me hizo retornar, en 1974, a Buenos Aires y el de Videla y cía., volver a salir, a fines del ’77. Entre marzo del ’78 y marzo del ’84 viví en México. El 1º. de abril de ese mismo año, casi veinte años después de mi primera partida, estaba de vuelta en Buenos Aires

Vi a León varias veces en mis viajes de visita. Pero nuestra amistad se hizo estrecha a partir del ’74. Eramos vecinos, nos veíamos y conversábamos mucho, sobre todos los temas. Nuestras edades se habían acercado y eso había borrado lo poco que quedaba de la relación “discipular” que había sido por muchos años la nuestra (obviamente, el “discípulo” era yo). La presencia de León, y la de otros, pocos, amigos con quienes compartí casi cotidianamente los sombríos días del ’74 y ’75, fueron casi los únicos hechos que –visto en perspectiva– otorgaron una cuota de realidad a ese paréntesis de dos años y pico que pasé en Buenos Aires. Esa etapa de mi vida tiene para mí algo de espectral, con la salvedad de que el espectro era yo mismo (o lo hubiera sido sin esos amigos): Viamonte, el Coto, el clima festivo de comienzos de los ’60, se habían evaporado. Yo trabajaba en la FLACSO, un organismo internacional ajeno al sonido y la furia de la UBA y sobre todo de Filosofía y Letras: tuve que esperar hasta el ’84 para reencontrar a gente que había frecuentado diariamente veinte años antes. En suma, y parafraseando a Rozitchner, durante esa “tregua” de dos años y algo más nunca me sentí del todo presente en el Buenos Aires, digamos, oficial. Pero sí en ese Buenos Aires doméstico y circunscripto de los amigos cercanos y las conversaciones largas.

En esos días vi mucho a León. Cultivábamos una amistad alegre y distendida: muchas veces estábamos de acuerdo sobre la calidad de tal autor, pero no de tal vino… y viceversa. Por lo demás, no éramos ermitaños ni acaparadores: teníamos amigos comunes con quienes compartíamos nuestras charlas y, a veces, nuestras discusiones. Ocurría en efecto que, de cuando en cuando, y ya desde tiempo atrás, discutíamos. Por supuesto, discutíamos sobre todo aquello que era materia común de nuestras preocupaciones: la filosofía, la política y también los temas del momento, la situación argentina, el peronismo, las izquierdas. A decir verdad, quien ejerció al principio la función de provocador fui yo, envanecido por mis estudios en París, pero León aceptó con literal buena voluntad el desafío. Eran debates intermitentes, como en un match de box, en los que yo cambiaba a menudo de posición y León ocupaba el centro del ring.

Ahora comprendo que desde el comienzo León llevaba las de ganar –al menos, en un aspecto–, pero de ese tema quiero hablar más abajo, al concluir esta recapitulación. En todo caso puedo señalar que nuestras discusiones nunca llegaban a mayores y que nuestros acuerdos primaban sobre nuestros desacuerdos.

A todo esto, la situación política argentina se deterioraba a ojos vistas. El año ’75 concluyó en medio de los peores presagios. León decidió marcharse a Venezuela antes del diluvio. Vino el golpe y, por razones ajenas a mi voluntad, debí permanecer en la Argentina hasta fines del ’77 (Hubiera preferido irme antes). Después de unas vacaciones en París, fui, como tantos otros, a México, donde –como estaba previsto desde tiempo atrás– me incorporé a la FLACSO. A mi llegada, recibí desde Caracas una cálida, emocionante carta de León. Según mis recuerdos, León viajó tres o cuatro veces a México, donde proseguimos la amistad, las conversaciones y las discusiones interrumpidas en Buenos Aires. ¿Como si no hubiera pasado nada? No: algunos amigos y amigas entrañables, que nos habían acompañado en Buenos Aires, ya no estaban, ya no estarían más con nosotros. Hablamos mucho de ellos, omitiendo lo obvio, y, al menos en los primeros tiempos, esperando todavía tenuemente.

En el ’82, ocurrió lo de las Malvinas: la guerra, por cierto, pero también la deplorable declaración del Grupo de Discusión Socialista en México, del que yo era miembro. Ya he dicho que no volvería a tocar el tema Malvinas por mucho tiempo y he dicho también varias veces con claridad lo que pienso de esa declaración. Me permitirán omitir este tema y limitarme a recordar que León la criticó con dureza, pero también con justicia. Más tarde aparecería un libro suyo sobre la cuestión.

Dicho esto, algunos índices (algún texto, algún comentario) me habían llevado a pensar –y lo mismo habrá ocurrido seguramente a León– que cada uno de nosotros había extraído, y continuaba extrayendo, conclusiones políticas diferentes, ya no sólo de la siniestra experiencia de la dictadura argentina, sino también de ciertos procesos que ocurrían en el mundo occidental y en los países del Este. Quiero aquí evitar el facilismo: recuerdo que una muy querida amiga común, Diana Guerrero, borrada por la dictadura asesina –y a la que León ha dedicado recientemente hermosas palabras–, decía que existía una diferencia de actitud (o de temperamento) entre gente como León Rozitchner, León Sigal y ella, y gente como yo2: aquéllos estarían constantemente dándose de patadas con lo que ocurría (lo que no siempre los hacía dichosos), mientras que la gente como yo se las arreglaba para lograr un cierto acuerdo con la realidad (lo que tampoco los colmaba siempre de felicidad). Creo que Diana tenía razón, y aunque al decírmelo no aludió a la ideología o la política, su observación puede valer en parte para dar cuenta de las divergencias políticas que iban surgiendo, o se iban revelando, entre León y yo. Podría proponer otras causas, más contextuales: los diferentes grupos de pertenencia en los que, por los caprichos de la fortuna y del exilio, nos incluimos; o bien los quizás distintos temas que se priorizaban respectivamente en Caracas y en México D.F.

Sin embargo, no me parece justo banalizar discordancias y, menos aún, eludir responsabilidades. Yo elegí o busqué reencontrarme con los amigos que me interesaban, yo fui miembro fundador del Grupo de Discusión Socialista, yo decidí libremente mis posiciones políticas y por supuesto lo mismo ocurrió con León. En particular, y sin ser exhaustivo, yo aprobé sin reticencias la revalorización de la democracia representativa por parte de muchos intelectuales de izquierda; seguí con simpatía y consideré positivo, más allá de su corta vigencia, al fenómeno eurocomunista; tomé en serio lo que se llamó la crisis del marxismo (pero nunca dejé de considerarme marxista: crisis no equivale ni a agotamiento ni a bancarrota); valoré muy positivamente el triunfo de Alfonsín, cooperé en la redacción de varios de sus discursos y apoyé al alfonsinismo –todo lo cual no fue el caso de León– aunque sin dejar de expresar mi oposición a ciertas medidas, en particular el Punto final y la Obediencia debida; en fin, consideré –y considero– como hechos históricos sumamente auspiciosos, no sólo la caída del Muro de Berlín, sino también el derrumbe de los regímenes “socialistas” del este europeo (lo cual no me lleva a celebrar lo que está sucediendo allí después de la débâcle de esos regímenes).

Tengo la seguridad de que sobre todos o casi todos estos tópicos se fueron planteando y desarrollando discrepancias de grado o de fondo entre León y yo. Luego de que un grupo de ex-exiliados argentinos en México, unido a otro grupo que había permanecido en la Argentina, fundamos el Club de Cultura Socialista y, más precisamente, una vez que éste fue definiendo su perfil ideológico, erróneamente calificado de “socialdemócrata”, León nos dirigió duras críticas. Críticas “de viva voz”, orales (en mesas redondas o en declaraciones). Fuertes, pero siempre respetuosas.

Fue por entonces que yo publiqué en Punto de Vista un artículo dedicado al pensamiento de León, artículo que formulaba también duros cuestionamientos a aspectos importantes de ese pensamiento. Por cierto que esperaba una respuesta no menos dura de parte de León, y que León, al no responderme, o al menos al diferir su respuesta, me descolocó por completo. Pero ocurre que León se ofendió, tanto por el carácter abrupto de mi crítica, como por el sesgo irónico que mi amigo Horacio González y el propio León hallaron en ella. De resultas de lo cual, León optó en lo inmediato por el silencio, lo cual, según declara León en la entrevista que le efectuara El Ojo Mocho (No.3), también podría ser leído como una ironía.

Por mi parte, no pretendo negar que había en mi artículo varios toques irónicos, pero creo que la tónica general no lo era. Si (cosa que habría que demostrar) mi texto podía aparecer, según sugiere León en la misma entrevista, como ligero o superficial –y en esa medida como ofensivo e irrespetuoso, no sólo con León–, ello sería a lo sumo, para mí, una prueba de mi torpeza o de mi incompetencia, pero para nada un efecto de mi supuesto escepticismo, traducido para el caso en ironía. Creo firmemente en la posibilidad e incluso en la obligación de una búsqueda comprometida e intransigente de la verdad; no, como bien dice León, de una indecible Verdad absoluta, pero sí de esta verdad histórica que, entre otras cosas, nos marca y nos constituye.

Lamento en ese punto disentir con Horacio González, con Eduardo Rinesi y con el propio León respecto de mis propias opiniones. (También, sea dicho de paso, lamento estar halando demasiado sobre mí mismo). Pero mucho más lamenté y lamento que León se sintiera ofendido por mi artículo. En el No. 5 de El Ojo Mocho, y entrevistado por los mismos interlocutores de León, traté de explicar lo que, entonces (en 1995), juzgaba una seria limitación de ese texto. Me refiero allí a lo que llamo “una suerte …de cierre ideológico y lógico del artículo” que clausuraba, más allá de mis envites explícitos, la posibilidad de una respuesta. Al menos, de una respuesta inmediata. Fórmulas más o menos, acordaré también con León en que, cuando escribí ese texto, yo hablaba desde “el triunfalismo alfonsinista”. En un artículo escrito en colaboración con Juan Carlos Portantiero (La Ciudad Futura, Nos. 25-26, octubre de 1990), sin renegar de nuestro apoyo activo a Alfonsín, insistimos sobre el modo en que nuestra relación con el alfonsinismo en el gobierno había sesgado negativamente nuestras opiniones. Pero eso no es todo, ni lo principal.

Debo en gran medida a la perspicacia de Eduardo Rinesi el que pueda hacer explícita la deuda que, incluso en ese artículo, mantengo con el pensamiento de León. En la entrevista del No. 3 de El Ojo Mocho, Eduardo pregunta y se pregunta “¿cuál es la diferencia?”. Se refiere a la diferencia entre un pensamiento como el de Portantiero o como el mío, que pensaría una política no bélica (pero que, por la misma razón, reconocería a la guerra como aquella realidad omnipresente a la que, según León, “habría que pensar cómo oponerse” (pg. 10)), y el pensamiento de Rozitchner.

Y bien, en mi opinión, que no compromete a la de Portantiero, no existe ninguna diferencia. En ese nivel, nuestros enfoques coinciden esencialmente. Y agregaré algo más: si antes escribí que, en un aspecto, León llevaba las de ganar, ello se debió al hecho de que –sobre el fondo de una tradición heredada, pero repensando autónomamente esa tradición– fue León quien formuló y elaboró las categorías en base a las cuales reconstituir la figura de esa dualidad insoslayable –inherente a nuestra condición histórica y quizás a nuestra condición humana– entre un polemoz (polemos) que prolonga, profundiza o aniquila la política y una política que difiere (de), resuelve o disimula la guerra. Si luego hemos de disentir sobre el verdadero sentido del derrumbe de los regímenes de Europa del Este o sobre la naturaleza del alfonsinismo, sabemos también que ello, sin ser por cierto banal, puede ser discutido e incluso zanjado, a partir de criterios que también compartimos: la reconstrucción, en la medida de lo posible sin prejuicios ni concesiones, de los hechos históricos. Asimismo, podemos discrepar sobre las formas concretas en que debemos asumir la relación entre la realidad política y la política de nuestra subjetividad. Pero también sabemos que, sobre ese punto, se trata de confrontar opiniones, que ninguna ciencia puede ayudarnos y que esa confrontación es en el fondo la forma extrema, pero necesaria, de una búsqueda común.

De todos modos, insisto, los blasones pertenecen a León. Para mí, al menos, desde aquel encuentro en El Blasón.

Lo enuncio en términos simplistas porque no quiero escribir un artículo de filosofía académica, sino una crónica selectiva de mis memorias de una vieja y terca amistad.

Mencionó a otros “como yo”, pero no recuerdo los nombres, lo que me fastidia un poco

Fuente:
http://www.elseminario.com.ar/biblioteca/DeIpola_Mi_amigo_Leon.htm


Lectura de “La Cruz y la Cosa”: de Leon Rozitcher

1-jul-09

En el blog Nacion Apache Leonardo Sai resume y comenta el libro de Leon Rozitchner La Cruz y la Cosa. Uno de los parrafos centrales de esta lectura es el siguiente:

En esta aceptación y negación de la Cosa como sustento real del pensamiento se encuentra la escisión del yo típica de la mentalidad burguesa(4): lo sensible operativizado por instrumentos racionales o es intuición indeterminada (la formulación de una hipótesis de trabajo) o pura (espacio-temporal) Hay que confesar que la solución kantiana es ingeniosa, una buena estrategia de teoría defensiva. Las dos partes en disputa reciben lo suyo: a la sensibilidad, a la materialidad, se le deja cumplir su pequeña función de intuición (la utilidad del método hipotético-deductivo) y a la realidad racional, paternal, se le muestra su debido respeto: Todo es categoría, todo es analítico, bien a priori, bien a posteriori… Pero todo esto ha de ser pagado de un modo u otro, y este éxito se logra a costa de un desgarrón del yo que nunca se cura sino que se profundiza con el paso del tiempo(5). La subjetividad así constituida jamás puede dar cuenta de su origen sensible, de su lengua material, impensada, renegada, por el Logos patriarcal, abstracto e infinito, que suministra, en tanto orden simbólico, las categorías para la sensibilidad y el entendimiento de sí y de los otros.

Lamentablemente Sai hace una lectura muy general, sin entrar en los detalles del libro de Rozitchner, y sin tomar una distancia critica. Vale mas como una invitación a la lectura de aquel, que como su explicación. Es lamentable, porque se trata de un texto sumamente rico y complejo.


Reportaje a Leon Rozitchner: política y medios de comunicación

19-oct-08

El diario Critica publicó hace unos días un reportaje al filosofo argentino Leon Rozitchner

“Al igual que hoy, a principios de los 50 el intelectual tampoco tenía un papel preponderante. Apenas si aparecía, lo escuchaba una minoría, pero había más gente dispuesta a escuchar que ahora. La producción de libros era menor, la tevé no existía. El poder del capital era más grosero: no se metía tanto con la cultura. El rock no había aún barrido con el realismo sensible del tango del barrio que cantaba con palabras porteñas. La cultura no era un negocio financiero como ahora, donde un grupo invierte comprando editoriales para fabricar libros como si fabricaran ladrillos, se compran las bandas o los clubes de fútbol. Antes se buscaba qué leer, ahora una librería es un mundo feérico que te hace guiños para seducirte desde las portadas de colores metalizados que brillan como lucecitas prendidas. Los intelectuales fueron desplazados por los grandes medios que compraron y privatizaron el espacio público donde las palabras circulan. Los media se han convertido en los ‘pedagogos’ de la ciudadanía.”

Leer el resto de la nota


Rozitchner y la filosofia

4-ago-07

En su ‘Justificado para no ir a un congreso’ (Pagina 12, 24 de Julio de 2007) Leon Rozitchner elabora una concepción de la filosofía reveladora de la dimensión oculta de su pensamiento. Este texto bien podria llevar como titulo ‘Justificado para no ir a ningun congreso’. No es este congreso en particular (la referencia es al 3er Congreso Nacional de Filosofia Argentina y a la controversia ocasionada por el discurso de la candidata presidencial Cristina Kirshner) sean cuales hayan sido sus virtudes o defectos, sino contra el concepto de que la filosofia sea una disciplina.

El congreso le parece a Rozitchner el territorio de aquellos que no tienen ideas propias, y por lo tanto deben pescarlas en libros. Presumiblemente muchos de estos libros tampoco son originales. Para Rozitchner el concepto aparece solamente bajo el ángulo del empobrecimiento de la experiencia.

El extremo más abstracto fue alcanzado en el campo de la palabra, el más distanciado del canto y de la música, de la resonancia sonora y sinfónica del mundo. La filosofía se presenta como el pensar más refinado y distanciado de lo imaginario y del afecto; olvida de dónde viene al querer llegar tan alto.

Y mas adelante aclara:

El tener conceptos … no nos pide pruebas de que las ideas hayan resonado en algún espacio sensible y afectivo, donde lo finito y lo infinito dentro de uno mismo tropiezan.

Mas cercanos a una verdad originaria estarian la literatura y la poesia, pero aqui debe Rozitchner hacer una pirueta defensiva, ya que esto ultimo podria interpretarse al uso de Heidegger. Por eso aclara,

el problema es cómo hacer para que lo que tenemos de poético hable en la filosofía sin pedirles, como Heidegger a los poetas, que le abran el camino para que al final el filósofo les haga decir en nombre del Ser lo que a él se le canta.

Todos tenemos nuestros filosofos dilectos, y a ellos queremos salvar de la condenación generalizada. En el caso de Rozitchner son Hegel, Sartre y Spinoza, aunque para salvar a este último haya que acudir a la hipotesis que su pensamiento abstracto es solo una forma de proteger su pensamiento de la hoguera.

Lo que ocurre es que en el fondo la filosofía de Rozitchner es solipsista. No se elabora en una sociedad de sus pares, por el juego de las discusiones, polémicas, comentarios, y otros preciosismos del mundo académico. No existe una validación intersubjetiva por el juego de los argumentos y contrargumentos. Esta verdad se valida a si misma, como ocurriria presuntamente en la doctrina freudiana, por la resistencia que genera. Dice Rozitchner:

El pensamiento siempre dialoga en nosotros mismos con el afecto y la imagen, como planta seca echando raíces en el agua oscura. Allí se originan nuestros pensamientos: cuando tocan fondo, cuando hemos quedado solos para enfrentar el terror y el misterio del mundo’

Por eso el concepto se le aparece como racionalización, y las discusiones filosóficas como una cortina de humo. Una filosofia del terror experimentado.

Pienso que esta es una intuición fundamental de su pensamiento, no un mero reflejo condicionado defensivo, consecuencia de su injusta marginalización por parte de la universidad a lo largo de los años. Esta intuición es probablemente mas fundante que el lenguaje político que habitualmente revisten sus obras, y parece muy cercano a la teología que el rechaza con gesto rubicundo.

Rozitchner es un filosofo mas celebrado o atacado que leído. Esperemos el día que alguien se anime a bucear en su obra y reconstruir sus fuentes, sus presuposiciones, sus intuiciones, evaluar los modelos explicativos implícitos y explícitos que pone en obra. Alguien titulo un artículo sobre su pensamiento: El hombre que interpreta. Eso resume bien su gesto, filosófico malgré lui, pero, ¿como realmente interpreta Rozitchner?


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