Que queda de la libertad de ofender, por Ruwen Ogien

Decenas de miles de personas han expresado su horror ante la ejecución de la mayoría de los editores de Charlie Hebdo. Estos han proclamado su compromiso inquebrantable con el principio de la libertad de expresión, como si fuera obvio para todos.

Pero este principio es, sin embargo, permanentemente enjuiciado por razones que no son todas inaceptables.

En Francia, las expresiones que niegan el holocausto, las homofobicas, racistas o xenófobas ya sancionadas por la ley. ¿Es un grave atentado a la libertad de expresión? Esta es una pregunta que los filósofos y juristas discuten sin soluciones que unánimes. De hecho, la base filosófica del principio de la libertad de expresión debe ser constantemente repensado y reafirmado.

Yo, obviamente, no quiero decir que una mejor comprensión de este principio dará lugar que sea aceptada por todos. Para convencerse por un argumento de este tipo, hay que compartir las premisas, como el hecho del pluralismo moral o religiosa en nuestras sociedades, el deseo de la convivencia pacífica entre grupos con diferentes creencias, los beneficios de un debate abierto para todos formas de conocimiento, etc. Pero todo el mundo no comparte estas premisas. Sin embargo, podría fortalecer las convicciones de quienes los aceptan.

Entre las justificaciones más fuertes para el principio de la libertad de expresión, me parece que la más convincentes es la de John Stuart Mill. Esta implica que se debe distinguir lo mas claramente posible entre ofensas y perjuicios. Ofensas son actos que causan emociones negativas como la ira o disgusto, pero ningún daño físico concreto a individuos particulares. Puede ser escritas o representaciones visuales que causan los peores crímenes imaginarios o crímenes sin víctimas, es decir reacciones repulsivas que incluyen actos en los que no podemos identificar a una víctima en el sentido concreto la palabra. Por lo tanto, los ángeles y los dioses no son parte de la clase de seres que podrían ser, literalmente, las víctimas y cualquier ataque contra ellos es delito ni daño. Hablando de este tipo de delito, Mill citó Tácito: “Los delitos cometidos vis-à-vis los dioses son competencia de los dioses.” Y agregó con sarcasmo: “Queda por demostrar que la sociedad o cualquiera de sus funcionarios recibieron el mandato de lo alto para vengar una supuesta infracción al Todopoderoso que no es también un mal infligido a nuestros semejantes. “(Acerca de la Libertad). A su vez, perjuicios son los que causan o pueden causar daños graves concretos y evidentes a individuos particulares.

En el campo de la libertad de expresión, se puede hablar de prejuicios acerca de la propagación de rumores infundados que dañan la reputación de una persona. También se podría decir que el discurso de odio que llamar claramente por la persecución, la deportación o la eliminación física de una persona o de una población específica son lesiones, no sólo ofensas. De hecho, la defensa de la libertad plena para ofender de ninguna manera justifican la libertad para causar daño. Es cierto que los límites entre ofensas y lesiones no siempre son evidentes. Las ofensas pueden resultar en daño si es imposible evitarlas, o si son sistemáticos y se dirigen a un grupo particular de personas. Sin embargo, me parece que es importante dar a esta distinción el valor de un principio general, aunque no siempre sea fácil de determinar las condiciones de su aplicación.

Sería difícil de hecho para defender la libertad de expresión sin reconocer la plena libertad de ofender, aquella que el diezmado equipo de Charlie Hebdo practicaba burlarlandose de creencias absurdas y de prejuicio racista o xenófobo, sin causar cualquier perjuicio concreto a nadie en particular.

Ruwen Ogien es investigador en Filosofia Moral del CNRS-Francia. Blogea en: http://www.raison-publique.fr/

Anuncios